Un día para equivocarse
Hoy 13 de octubre se celebra el Día Internacional del Fracaso, una iniciativa nacida en Finlandia en 2010. La impulsó un grupo de estudiantes de la Universidad Aalto para hablar de los errores sin convertirlos en una marca de vergüenza y para animar a emprender sin exigir garantías de éxito.
La idea tiene algo de provocación: dedicar un día al fracaso. Pero no para aplaudir cualquier tropiezo ni para fingir que equivocarse siempre merece la pena. Un error puede costar tiempo, dinero o confianza. Y a veces no deja una lección clara, al menos no de inmediato.
Lo que sí puede hacer es abrir una pregunta. ¿Qué decisión nos trajo hasta aquí? ¿Qué no habíamos previsto? ¿Hay algo que todavía se pueda probar?

En el aula, esas preguntas importan. Durante Moustache Jam Attack, con el papel extendido por el suelo, algunos alumnos esperaban una instrucción más precisa: qué dibujar, cómo empezar, cuál era la manera correcta de hacerlo. Cuando la consigna dejó espacio para manchar sin representar algo concreto, la primera marca no siempre salió enseguida. Había que aceptar que el resultado no estaba decidido de antemano.
Luego una marca encontraba otra. Alguien continuaba un trazo, lo transformaba o lo tapaba. No todo funcionaba; no todas las decisiones abrían una posibilidad interesante. Pero el trabajo no se detenía en señalar qué estaba mal. El grupo podía volver sobre lo hecho y decidir qué hacer después.
Ahí está, para mí, la diferencia entre aprender del error y repetir que «de los errores se aprende». La frase sola no enseña nada. Hace falta tiempo para mirar lo ocurrido, hablarlo y elegir un siguiente paso. A veces ese paso consiste en corregir. Otras, en cambiar de dirección.
El Día del Fracaso no vuelve deseable fracasar. Puede servir, más bien, para quitarle al error su poder de clausura: que algo no haya salido como esperábamos no significa que ya no haya nada que hacer. Tampoco significa que todo tenga arreglo. Significa que vale la pena observar antes de dictar sentencia.
Quizá por eso me interesa llevar esta fecha al terreno de la educación. No para enseñar a fallar, sino para que el miedo a hacerlo no decida de antemano qué intentamos.
A veces el trabajo empieza justo ahí: cuando dejamos de preguntar si la primera marca es correcta y empezamos a preguntarnos qué podemos hacer con ella.
Este texto forma parte de una investigación que también se ha convertido en un curso sobre el error en el diseño. Puedes ver aquí de que se trata: [MJA].








